La ciudad dormía. El parque ahora lucía solitario, ya nadie estaba sentado en sus bancas o paseando por sus senderos rodeados de palmeras. Sin lavanderas en el Tanque de la Unión, el agua estaba tranquila y silenciosa... De pronto unas manos pálidas, frías, largas, sacudieron el agua como buscando algo y al no encontrarlo, un grito escalofriante rompió el silencio... Un grito desgarrador que los vecinos escucharon lejos, señal inequívoca de que estaba cerca...
En una casa cercana, la abuela despertó a los nietos...
- Oigan patojos, es la llorona!
Un segundo grito hizo que los niños, temblando del miedo corrieran a refugiarse al lado de la abuela, sintiendo que en cualquier momento podía llegar hasta ellos...
La figura de cabello largo, negro como la noche, cubierta por un camisón blanco que rozaba las calles empedradas, se dirigió lentamente hacia la fuente del parque central, por la calle de “La sin ventura”. Finalmente se desvaneció por las calles dejando en el aire su aterrador grito...
Al otro día, como era de esperarse, todas las conversaciones giraban en torno a la llorona.
- ¡Esa mujer no hay modo que termine de pagar por lo que hizo! Y no sólo ella está pagando sino nosotros también porque no nos deja en paz! – decía doña María
- ¿Y porqué cuando está cerca se escucha lejos? – preguntaba un niño.
- Yo alcancé a ver una sombra que pasaba por el tanque – aseguraba alguien más
- ¡Bola de miedosos! – murmuraba don Fermín – Yo no oí nada porque tengo la conciencia tranquila y duermo bien, y si se oyó algo debió ser alguna loca vagando por las calles.
Pero ninguno de los comentarios me tranquilizaba. Yo sólo pensaba en que esa noche empezábamos a preparar la procesión de Belén. Como vivía frente a la iglesia de San Pedro, al regresar tenía que pasar cerca del tanque de la Unión y según contaban, la llorona acostumbraba buscar en fuentes, ríos y tanques al hijo que en su desesperación había ahogado.
El día transcurrió extrañamente rápido, como si la noche quisiera apresurarse para envolvernos en miedo. Serían poco más de las doce de la noche cuando salimos de Belén. Para colmo, quienes vivían cerca de mi casa no habían asistido así que tendría que regresar solo. Caminaba con la prisa de alguien que se siente perseguido, no había visto ni oído nada pero sentía que alguien venía detrás de mí. No sabría decir si cerca o lejos, no sabría decir siquiera si era sólo mi imaginación. El caso es que sentía que un sonido que no era el de mis pasos me acompañaba. Podría ser sólo su eco o podría ser alguien más. El sudor bajaba de mi frente a pesar de que hacía frío y el viento se escuchaba como un murmullo ininteligible. Nunca había sentido tan largo el camino a pesar de que trataba de caminar rápido y eran sólo unas pocas cuadras las que debía recorrer. Por fin, llegué al parque y sin voltear a ver el tanque por miedo a distinguir algo, corrí hacia mi casa y abrí la puerta.
Poco antes de cerrar, escuché un grito que me asustó pero al comprobar que la voz sonaba familiar, me tranquilicé.
- ¡Miedosos! ¡Yo no le tengo miedo ni a los de esta vida ni de la otra! - exclamó don Fermín muy cerca del tanque, al momento que rompía una botella vacía contra el empedrado.
La borrachera que traía el anciano y el miedo que aún sentía me hicieron no intervenir así que opté por entrar y colocar el cerrojo en la puerta.
Tenía en las manos un vaso con agua para que se me pasara el susto cuando escuché los gritos de la noche anterior. El miedo ahora era mayor al que ya de por sí causaban los desgarradores lamentos debido a que yo acababa de entrar y pensé que si me hubiera retrasado un poco más me hubiera encontrado con la llorona. Y justo en el momento en que me recordé que don Fermín estaba afuera, escuché que gritó. Yo estaba paralizado y no sabía que hacer. El miedo pudo más y tuve que quedarme adentro donde me sentía relativamente seguro. Luego se repitió el grito de la llorona una y otra vez hasta que se dejó de escuchar... Nuevamente el silencio apenas roto por el viento se adueñó de las calles y nos devolvió un poco de tranquilidad con la que pudimos conciliar el sueño.
Pasadas unas horas, el sol empezó a iluminar los tejados de la ciudad. A los comentarios que nuevamente se hicieron sobre los gritos, se unió la noticia de que por primera vez en mucho tiempo, don Fermín no había abierto su carpintería a primera hora, como acostumbraba. Se le buscó por todas partes pero no apareció. No pude evitar sentirme culpable cuando vi la botella rota en las cercanías del Tanque de la Unión...