La forma de los volcanes se empezaba a confundir con el cielo que se obscurecía más y más a cada minuto. La luz de la luna se reflejaba en las calles empedradas de Antigua, cada vez más solitarias, cada vez más abandonadas...
El silencio que se había apoderado de la ciudad apenas era roto por los pasos apresurados de José que trataba de llegar a su casa ubicada en las cercanías de El Calvario. Recién había pasado por el puente del río Pensativo cuando empezó a escuchar a sus espaldas el sonido inconfundible de un carruaje que se acercaba y que según calculó, vendría por la calle de la Nobleza... Un temor inexplicable se apoderó de José, aún cuando un carruaje era algo común en esa época, así como la hora en que andaba por las calles ya que había conductores que terminaban su labor al anochecer y se dirigían a guardar su carruaje en alguna casa cercana... No, era otra cosa... Talvez la prisa con que venía, talvez el sonido seco del látigo con el que el conductor pretendía apurar aún más a los caballos o talvez el escalofriante relinchar de los animales... Más por instinto que por otra razón, José corrió y se ocultó tras la fuente que adornaba la alameda. A pesar de la velocidad a la que venía el misterioso carruaje, la espera se hacía eterna, en todo el cuerpo sentía el ruido de los cascos de los caballos chocando contra las piedras, el rechinar de los ejes, el látigo, las ruedas... Todo se escuchaba cada vez más fuerte, cada vez más cerca...
El frío de la mañana y el canto de un gallo en las cercanías, despertaron a José. Al principio pensó que todo había sido un sueño pero al despertar completamente y darse cuenta de que estaba al pie de la fuente, empezó a recordar lo que había pasado. Se sintió ridículo a la luz de un nuevo día y pensó que no había razón para desmayarse ante la presencia de un simple carruaje. Se levantó y con una leve sonrisa de vergüenza se dirigió a su casa.
A pesar de que trató de no pensar en lo que había pasado la noche anterior, era algo que le molestaba, era una mezcla de duda, temor y vergüenza. Conforme pasaba el tiempo y se recordaba de los detalles, se convencía de que lo que había vivido no era así de simple y terminó por contárselo a Roberto, un amigo, aunque la respuesta de éste no le tranquilizó.
- Cuentan que por las noches se oye que pasa un carruaje a toda velocidad y que es el que viene a traer a la gente que se muere... Le llaman "El carruaje de la muerte". Pero vos sabés que a la gente le encanta inventar cosas y exagerarlo todo así que no hay que hacerles caso...
Quién sabe cómo pero Roberto convenció a José de que esa noche esperaran el paso del carruaje con el fin de tranquilizarlo y talvez acabar con los rumores. El primero, incrédulo, estaba convencido de que no había nada anormal en la situación, el segundo no estaba tan seguro pero el estar acompañado por su amigo, le daba cierto valor que no había tenido la noche anterior.
Se reunieron frente a la puerta de la iglesia de San Francisco, cerca de la casa de Roberto. Poco a poco la luz del día se iba llevando a los últimos visitantes del templo que se empezaba a perfilar sólo como una forma obscura contra el cielo iluminado por la luna llena...
En cualquier momento, pensaban ellos, escucharían el carruaje acercándose desde el norte y se entretenían comentando cualquier cosa. Sin saber exactamente en que momento, el característico sonido de un carruaje empezó a romper el silencio de la noche, no había duda para José, era el mismo que había escuchado la noche anterior, el látigo apresurando a los caballos que con sus cascos golpeaban a toda prisa las piedras, el rechinar de los ejes sin grasa... Pero había algo más...
- José, no viene del norte, viene del sur, como por El Calvario - dijo Roberto.
Nuevamente el miedo se apoderó de José mientras que Roberto experimentaba algo que nunca antes había sentido. El sonido era escalofriante, más fuerte a cada segundo... Poco a poco fueron distinguiendo la silueta del carruaje a lo lejos, sólo la silueta porque era negro, negro como los caballos, negro como las ropas y el sombrero que envolvían al conductor... Se acercaba cada vez más... Cada vez más... Parecía que el tiempo corría lentamente. Sentían que le tomaría horas pasar por donde se encontraban, lo que no notaban era que estaba reduciendo la velocidad, hasta podían ver que los ojos de los caballos eran rojos, como el fuego. Finalmente se detuvo, justo frente a ellos, los ojos del conductor destacaron de la oscura figura cuando éste les dirigió una mirada fría, inexpresiva... Roberto cayó desmayado, luego cayó José, lo último que vio fue la luz de la luna brillando en los cascos de los caballos... Poco a poco el carruaje reanudó la marcha, dobló en la esquina y regresó hacia el sur, y nuevamente el silencio se extendió por la ciudad...
Hasta hace unos años aún deambulaba Roberto por las calles antigüeñas, contando esta historia y ocultándose de los carruajes que encontraba a su paso...